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Aquí hay un poco de todo. No será un lugar demasiado original ni distinto, pero acaso si lo suficientemente entretenido como para que tengan ganas de volver.

11 de octubre de 2015

DEVOLUCIONES

El protocolo entre amigos dicta devolver un borracho a su casa.
No es de buenos camaradas dejarlo tirado en el bar.
Es técnica generalmente aceptada dejarlo recostado junto a la puerta y tocar el timbre antes de partir. Queda excluido definitivamente, para evitar disgustos, entablar cualquier tipo de contacto con familiares y colaterales diversos.
La cosa comienza cuando en una fiesta o en un bar se descubre que uno de nuestros amigos se fue por los caminos del vino y no tiene retorno. Una rápida discusión entre los allegados suele determinar, generalmente de manera absolutamente arbitraria, quien se hace cargo de “cargarlo”, esto es llevarlo a su casa.
Introducir un borracho a un auto puede ser toda una suerte de odisea, por varias razones, a saber:
a. El sujeto esta hecho percha y pesa diez mil toneladas.
b. El sujeto está sumamente eufórico y aun no ha declarado su amor a todas las mujeres de la fiesta o aun no ha peleado.
c. El sujeto se resiste a ser transportado y quiere retornar conduciendo su auto
Salvadas estas objeciones, y ya con el paquete en el auto, hay que andar con cuidado: Los movimientos del automóvil, suele producir efectos nocivos sobre los estómagos.
Después viene el asunto no menor de saber donde llevarlo.
Si uno es bien amigo y conoce el barrio, no es problema, es fácil, casi casi, divertido, pero si no se conoce el destino, el fin de fiesta se puede transformar en una autentica búsqueda del tesoro. Preguntar a vecinos si conocen a ese individuo dormido en el asiento de atrás de su auto, puede ser una alternativa válida y hay referencias en el folklore de que ha dado resultados positivos, pero tiene sus aristas.
A las once de la mañana puede ser una cuestión trivial, casi pueril, sin mayores alternativas para el relato, pero a las cinco de la mañana la cosa cambia.
Me ha pasado.
Se de lo que hablo.
Una vez localizado el domicilio, y logrado que el tipo descienda, viene la otra parte.
Hay que apoyarle la espalda contra la pared, estirarlo como para medirlo, enderezarle las rodillas a mano o a patadas, y mientras se le coloca la cabeza hacia atrás para que no actúe de plomada, se le dirigen rápidas órdenes – menos al sujeto que al inconsciente –, antes de correr hacia el vehículo, que por lo general queda en marcha y con las luces prendidas.
Entonces, si un exceso de celo hace que se le eche un último vistazo, suele verse el fatal deslizamiento de las nalgas en dirección a los talones. La situación es como la de esas madres que, luego de haber logrado hacer dormir al niño, alentadas por su respiración regular, comienzan a dirigirse de puntillas hacia la puerta cuando las sorprende el alarido.
Bueno, asi…
Por lo general es preciso corregir la pose dos o tres veces hasta lograr una breve estabilidad que permita rajar.
Finalmente, sabe Dios como, el borracho se las arregla para entrar en su casa situación que se puede comprobar al día siguiente con un llamado telefónico.
Bueno, ya sabe: Si bebe, no conduzca. Hágase llevar por los amigos o vuélvase en bus.
Dias pasados hice eso: Todavía no sé dónde está mi automóvil y me sigo moviendo en bus. Pero un día de estos voy a dejarlo: No sé de quién es, consume mucho y es muy difícil estacionarlo.
P/D.
Por prescripción médica, no bebo alcohol. Pero ya estoy por cambiar de médico.

(De El caminante - Crónicas Urbanas de Federico Princich)

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