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Aquí hay un poco de todo. No será un lugar demasiado original ni distinto, pero acaso si lo suficientemente entretenido como para que tengan ganas de volver.

18 de agosto de 2014

Volver hablando del final de Crónicas Granguardinas

Luego de cinco meses de silencio, vuelvo a este espacio.
No se si debía abandonarlo, no se si tenía el derecho de hacerlo. Solo se que necesité el silencio y lo usé, y en ello se apoya también la ética de mi libertad o del uso ético de ella, es decir mi libre albedrío.
Pero el caso es que acá estamos de nuevo, y esta vez con Crónicas Granguardinas papel definitivamente terminado.
Ya tiene ISBN, ya esta ensamblado, ordenado, reordenado.
Irá sin gráficos.
No era lo que yo querría, tal vez.
Deseaba esas desmesuras acompañando a esos desbordados personajes  pero los consultores de imagen sostienen que no deben ir.
Y no irán.
Es decir aquellas caricaturas elaboradas con Omar Barrionuevo quedarán adornando estas Crónicas Granguardinas electrónicas, acompañando desde aca el lanzamiento y la presentación de la edición de papel que mañana inicia su etapa final de edición.
Desde aca iremos planteando los detalles de la la salida a la luz este sueño.
Le cuento algunos detalles.
Sera una edicion independiente
Tendrá prólogo de el Dr Benito Aranda, escritor y poeta formoseño
Saldrá a la calle antes de la Feria del Libro.
Probablemente antes de fin de año salga otra edición.


Asi comienza:

Todo esto me fue develado de un modo singular. Alguien puso en mis manos las fuentes. Dicen que fueron escritas por un sujeto al que posiblemente conocí en mi niñez, o al menos creo haberlo conocido.
Antes de este hecho, la  vida, obra y desvelos de ese individuo era para mí un hecho enteramente insubstancial, nimio, inexistente. Ni siquiera los arrabales más alejados de los recuerdos contenían evocaciones de algo que lo comprendiera.
Forzada por los acontecimientos, mi memoria, escasamente se alargó hasta el apodo con el que lo conocieron en el pueblo y su imagen era apenas una bruma difusa, sin rostro ni historia, solo algunas muy vagas referencias, acaso inventadas por mis propias necesidades de respuestas.
No sé las causas, ignoro el por qué, alguien, al que desconozco sinceramente, tocó a mi puerta y me entregó una vieja valija de cuero, expresándome que contenía documentos, notas, escritos, textos, que aquel hombre le había dejado, con el encargo de entregársela a la persona que se le indicaría alguna vez.
Desde entonces la guardó en un ropero.
Y pasaron años hasta que alguien le dijo que ya estaba preparado quien debía recibirla. Le dieron mi nombre y le indicaron como entregármela en propias mano y aquí estaba, tendiéndomela, impasible, con mirada indiferente, como el cadete que entrega el ramo de rosas.
O un maleficio.
....
Asi termina:
Una noche lo soñé. Era un lobo. Un espléndido lobo, bello soberbio, elegante, imponente.
Lo fui a saludar.


-       ¿Crees que puedes navegar esas aguas?
-       No lo sé. Solo espero poder hacerlo.
-       Entonces acá se separan nuestros caminos. Fue un placer servirte
-       Fue un placer crearte.
-       Hasta el infinito, Fede.
-       Hasta la eternidad, hermano.
Cuando desperté de aquel sueño, supe que jamás lo vería ni sabría más de él. Ya se había perdido en la noche. Esa misma noche, aullando a la luna, una loba contesto mi aullido y casi sin darnos cuenta vimos las uñas doradas del sol asomando el horizonte esperando el amanecer de un nuevo día.





En la próxima entrega se podrá ver la tapa y contratapa.

LA PALABRA Y LA ORALIDAD EN LA LITERATURA



-        ¿Qué haces? me preguntó aquel singular y misterioso sujeto.
-        Soy escritor, le dije
-        ¿Y qué hace un escritor?
-        Ordena palabras. Un escritor es una persona que ordena palabras
-        Y para que las ordenas si en el diccionario ya están todas ordenadas.
-        Bueno, yo en realidad las reordeno para decir lo que quiero decir cuando escribo
-        ¿Y qué cosas escribes?
-        Cuentos, novelas, poesías, vivencias, sentimientos. Soy escriba de mis propios dragones. Yo me encargo de ponerle las palabras justas a sus clamores, a sus júbilos, a sus decepciones.
-        ¿Que son los dragones, escritor?
-        Algunos le llaman inspiración. Yo sé que es mi alma tratando de expandirse.
-        ¿Y para que lo haces?
-        Dejo señas de mi paso por la vida, por si acaso, alguna vez, algún remoto arqueólogo del futuro, cuando yo ya no esté acá para contarlos,  busque cosas, entonces pueda encontrar mis huellas y rescatarme a los tiempos.
-        Ah… buscas la eternidad.
-        Tal vez como todos, pero mi estrategia es esta.

Este diálogo podría tal vez contener el concepto esencial de lo que quiero transmitir en estas Charlas – Talleres: El rol del escritor, el valor de la palabra y la reivindicación de la oralidad de lo que se escribe.
Alguna vez encontré en la mitografía, suficiente tierra fértil para sembrarle pastos a mis dragones y por esa brecha pasamos, mi alma y yo, y comenzamos a anotar las cosas que nos contaban, que veíamos, adivinábamos, que  sentíamos, como un sencillo expediente contra el olvido.
Un día cualquiera, algo nos pidió que escribiésemos aquello con palabras más elaboradas. Así surgió el primer relato.
Después alguien me pidió que lo cuente. Allí nació la necesidad de que lo que escribo también pueda ser contado, literalmente.
Y esa es la propuesta que les traigo.
Igual que el pintor con sus colores, o el músico con los sonidos, la herramienta básica con que trabaja un escritor es el lenguaje. Su arte consiste en combinar palabras, y lo mismo que un retrato o un paisaje van saliendo poco a poco de los tubos de pintura, podríamos decir que un cuento, una novela, duermen desde siempre en las páginas del diccionario.
Pero miremos de mas cerca la actividad.
Primero, recordar el rol del escritor desde el punto de vista ético y estético.
Casi el ochenta por ciento de la población mundial sabe leer y escribir, pero no todos son escritores
Miremos estos datos.
De cada 100 personas, 80 saben escribir.
De cada 100 personas que saben escribir, solo 20 lo hacen regularmente
De cada 100 personas que escriben regularmente, 12 escriben con algún criterio estético
Ese criterio estético tiene que ver el arte del bien decir y tiende a ser un compromiso primario.
Recién después viene el compromiso ético del que escribe.
Primero, lo primero.  Y eso es comprometerse con las reglas del arte.
Aunque desde la semiótica se diga que todo es válido, aunque Chomsky nos aúlle que mientras lo que se escribe signifique algo para alguien, es mensaje y por lo tanto es válido, quiero yo recordar que hay mucha  necesidad de ser justos con las reglas del bien decir porque sino abandonamos muy prontamente los distritos del arte literario. Y ya que se me permite, aunque me miren con desconfianza,  lo diré: No todo lo que escribimos es arte. A veces son simples palabras, gritos, alaridos, nacidos desde lo más profundo del alma. Meras frases o versos, emocionalmente muy cargados, pero innecesariamente adjetivado, ripioso, sobresaturado de imágenes y de fantasmas, pura pirotecnia verbal  de valor afectivo y sensorial para quien escribe pero que puede que al lector avezado no le diga nada.
Decía yo hoy, que bajo el efecto de fuertes emociones, sólo las anotaba para  no olvidarlas. Y la experiencia me indica que lo que uno escribe bajo tensión emocional, atribulado o eufórico, por lo general carece de valor literario. Que para que ello ocurra debemos procesarlo con la razón, con el conocimiento, con el método literario propio y entonces si estamos frente a un hecho artístico.
Escritores talentosos hay que lo hacen todo en uno, pero a mí en particular hasta me cuesta escribir cuando estoy llorando mis dolores o puteando mis enojos.
Aquello que vomita el dragón debe ser pasado por el tamiz de la técnica del arte para que se ponga en condiciones de ser presentado al universo como un hecho creativo propio.
Y ahora si podemos hablar para quien escribimos y que grado de compromiso ético adquirimos.
El compromiso ético de un escritor es siempre consigo, con sus propios dragones, con sus verdades. Incluso cuando la realidad lo atraviesa, cuando el dolor externo lo impacta, no deja de escribir lo que siente. El arte creativo es entonces el templo de la libertad y del uso ético de ella. Libre y personal ese es la esencia del arte. Cuando se lo condiciona, se lo limita estamos en presencia de otra cosa y de otros compromisos éticos.
Cuando el compromiso es con el público, con esa entelequia a la que le decimos las gentes, o mal dicho, la  gente, cuando escribimos para que nos aplaudan, o cuando asumimos el compromiso con la realidad, o describimos una verdad tal cual la vemos, todo esto nos está condicionando el oficio y entonces funcamos como periodistas independientes, analistas, investigadores, pensadores, críticos…
Cuando el compromiso ético es con quien paga el salario, y no hay nada oscuro ni  tenebroso en ello, hay que admitir sin cortapisas la condición de escriba. El mecenazgo casi siempre es personal y dirigido y hace rato que el hombre tiende a no morder la mano que le da de comer, aunque habitualmente se diga lo contrario.
El negocio del escritor parece ser el de ser escriba de sus dragones a los que trata de traducir lo mas fielmente posible para que se ajusten lo mejor posible a la realidad y no ser un disfuncional, marginal o segregado.
El escritor moderno parece ser un emergente de la sociedad globalizada un descafilado en proceso de aldeización, los intelectuales marginales que se comienza a sospechar como reacción a la excesiva masificación del pensamiento.
Si no es así, se es periodista, analista, investigador pensador, o escriba…
Parece complejo y arbitrario ¿no?
Sin embargo a mí se me antoja simplista.
Y me parece que por allí viene la mano.
Por el retorno a lo simple.
A la palabra y no a la imagen
Al relato y no al argumento
Al detalle y no al todo.
El todo existe solo en la mente del que lee. El lector activo es el que completa la obra. El escritor actual se desvive por ser original y directo ya que en las letras modernas registran el fenómeno expresivo muy peculiar que exige del lector un desglose de los elementos que el autor maneja con el objeto de descubrir los principios en que este se apoya para sostener su creación. De alguna manera el lector tiende a ser también creador. La elipsis es la herramienta con la que el escritor le deja un lugar en la obra, al lector
Aquí es donde las palabras recobran el protagonismo sublime de ser la unidad operativa, las balas que ametrallan la mente del lector.
No vamos a hacer el alegato del Negro Fontanarrosa.
Yo uso las palabras “carajo” y “puta madre” sin rubores y no le tengo miedo al lenguaje coloquial, pero les aseguro que mis libros de cabecera son sin dudas los diccionarios.
Vivo aprendiendo una palabra o dos por día porque no he encontrado cosa más fastidiosa y frustrante  que querer decir algo y no tener herramientas para hacerlo, sabiendo que soy dueño de ochenta y seis mil y pico de palabras del DRAE que me pertenecer y nadie me puede impedir usarlas y combinarlas como quiero, que no tiene sentido que reduzca mi léxico a seiscientas palabras.
De modo que si mis notas y textos derrapan a través de palabras difíciles o desconocidas, téngalas en cuenta que seguro que en el diccionario español están.
Capicci? …
Okey.
Er… este…  a ver... perdón. ..
¿Comprendido?
Bueno.
Sigamos.

La oralidad es el otro tema.
Yo suelo sostener que un cuento bien escrito además de ser leído, debería ser susceptible de ser narrado. Cuando de un cuento solo puedes contar el argumento, me parece un cuento muy psicopateado, palabra inexistente y de uso frecuente para referirse  a imágenes literarias muy complejas y de difícil narración. Aunque parezca un juego de palabras,  contar un cuento, narrar una narración, relatar un relato, son todas actividades esencialmente verbales.
Entonces si podemos contar un cuento sin leerlo estamos en presencia de algo interesante.
Y si el narrador emplea verbalmente los mismos recursos de la retórica que usa de manera escrita se verá allí que tan importante es equilibrar las palabras para llegar al todo, junto con el oyente que va imaginando junto al relator las escenas que este le propone.
Hagamos una prueba.
Les cuento el TIO CARLOS un relato que tiene que ver con nuestros inmigrantes y colonos y vemos el resultado.


DON CARLOS
(Cuento. Primer premio Concurso Literario Formosa tiene historias de la Dirección de Cultura Municipalidad de Formosa, Día del Inmigrante Setiembre 2013)

El general sonrió tristemente cuando Cabral le vino con el chisme. Sentado en su nube, se quedó algún momento en silencio y luego le pidió su ayudante de turno, el Cabo Antonio Ruiz, el popular Negro Falucho, que le ensillara un tordillo. No iba a desautorizar el mito. No en esta parada. Tenía que ser en tordillo.
Después le ordenó a Zapiola que hiciera formar los granaderos para rendir honores y a la fanfarria que, tocara alguna diana de gloria.
-Vamos a esperarlo, le dijo a Guido.
Era el diecisiete de junio de mil novecientos ochenta y dos y se había muerto Don Carlos.

Don Carlos, era hijo de Don Santos.
Santos fue uno de esos primeros colonos en llegar a Formosa, a días de la fundación.
Friulano.
Venía de Trento, Italia.
Y acá, se casó con otra gringa, Ursula Capra, trentina como él.
Tuvieron varios hijos: Carlos, Juan, José, Ana, Clorinda, Adelaida y Pina
Carlos desarrolló un corpachón de metro noventa y pico que albergaba ciento y tantos kilos de puro músculo.
Ciertos aspectos de su carácter, algunas habilidades y su tamaño, le daban características peculiares.
Parecía displicente, pero elegante y viril al mismo tiempo.
Valiente. Casi temerario.
Tenía una sin par puntería con las armas de puño.
Era un duro, un peso pesado de verdad. No se lo arreaba con el poncho y menos si estaba picado.
Heredó un catolicismo militante, casi fanático, culto al trabajo, algunas costumbres de la tierra de sus mayores, una singular forma de expresarse y un rarísimo patriotismo.
Su modo de ver y vivir la religión, sustentaba su costumbre cotidiana de rezar el rosario en familia.
Todas las tardecitas, sin faltar a ninguna.
Es menta en la familia que en medio de un Ave María podía preguntar si dieron agua a los chanchos y cosas así.
Y los responsables de las tareas domesticas le contestaban del mismo modo.
Dios no se enojaba.
De lo segundo, sacó guapeza, tesón e habilidades casi naturales por el trabajo rural.
Cuando se produjo el loteo de la Colonia Miguel de Azcuénaga, cerca de Gran Guardia, fue unos de los primeros en poblarse y se hizo ganadero.
Heredó también su gusto por las comidas fuertes y cierta debilidad frente a la caña blanca.
Lo del origen de su amor a la patria no está claro.
Quizás habría que remontarlo al servicio militar que decía haberlo cumplido en Las Lomitas, en el legendario 12 de Línea.
Pero tampoco puede descartarse motivaciones mas profundas, como la aguda sensación de destierro que deben haber sentido sus padres, que los soldó a este terruño, al que amaron como propio.
Es fama o acaso solo calumnias, que una vez no completó adecuadamente sus menesteres en la letrina pues la Banda del Regimiento, que estaba a una o dos cuadra de su casa, se puso a ensayar el Himno Nacional y él hubo de pararse y escucharlo a pie firme y cantarlo con voz vibrante, como correspondía.
Pero el idioma fue lo que mas lo marcó.
El furlán que hablaba la familia y lo que mal escuchó en el par de años en que fue a la escuela le dejaron un castellano arisco, cargado de adjetivaciones innecesarias e imprecaciones que no ahorraban referencia a santos y vírgenes, medio rengo en las erres, a las nunca daba en colocar correctamente y que se transformaba en un cocoliche desopilante cuando se ponía nervioso o estaba entonado.
Todo ocurrió el dieciséis de agosto de mil novecientos cincuenta
El país se aprestaba a celebrar el centenario de la muerte del General José de San Martín, y se preparaban ceremonias y actos con la solemnidad y el boato al alcance de cada pueblo.
Se anunciaban desfiles, quermes, carreras, juegos de destreza y asados populares.
Gran Guardia ya tenía consolidada su vida aldeana, y no vayan ustedes a creer que era mucho mas chico de lo que es ahora, pero funcionaban ya sus instituciones básicas y el comercio: La estación del ferrocarril, estafeta, escuela, registro civil, capilla, comisión de fomento, policía, uno o dos almacenes de ramos generales, una que otra fonda y algunos artesanos.
La unidad policial era un destacamento. Tres o cuatro milicos, a lo mas.
La gente le decía comisaría, y al destacado, comisario, así fuera un cabo.
Ocupaba un mal rancho de dos o tres piezas que hacían de despacho, sala de armas, dormitorio, casa habitación, cocina, depósito caballerizas y calabozos. Comandaba en Jefe, un Sargento Loza, que había sabido ganarse las jinetas capturando a un peligroso bandolero chaqueño, en la zona de San Hilario.
Fue premiado con el ascenso.
Le iba bien.
Imponía respeto desarrollando sus habilidades para la diplomacia cerril o a sablazos limpio, la mas de las veces.
Era querido y temido sin solución de continuidad. Quienes le hablaban bien e iban con gestos de humildad, conseguían excepciones en las cuadreras, alargue de los horarios de baile, permisos para las tabeadas a diez el tiro, un guiño para el monte o el pase inglés, más aun si se reforzaba el ruego con algún lechón.
Los bochincheros, los cargosos y especialmente los caú sapucai, conocían los rigores de su sable y de la penosa cuarentena a pan y agua en los calabozos.
Don Carlos, atraído por los bombazos, cayó al pueblo, bien montado y al tranquito, en la tarde del dieciséis de Agosto.
Se alojó en la fonda de los Peralta, a una cuadra de la plaza, donde sería el epicentro de las celebraciones.
Describir una fonda pueblerina de los cincuenta excede largamente las exigencias de brevedad de este relato. Alcanzaría con decir que se trataba generalmente de una casa de familia en la que en alguna pieza del fondo o en el galpón, se agregaban unos camastros de tiento de dudosa higiene, donde el viajero podía pasar la noche.
Las comodidades de la fonda estaban en directa relación con la diligencia del fondero.
En algunas solo se disponía de cama, mientras que en otras se agregaban adicionales, como potrero para los caballos, un plato de comida, despacho de bebidas y por ahí hasta servicios de acompañantes, diríamos hoy.
La de Peralta no sería diferente si no fuera por la cocinita: un estaqueo de palma a dos agua de dos por tres, cerrada por el este, sur y oeste, y sin paredes por el norte, en cuyo centro reinaba un tizón, que daba vida a un amigable fogón. En el centro del muro del poniente, un simple hueco de unos cincuenta centímetros oficiaba de ventana.
La caña paraguaya de Peralta, traída de contrabando, tenía fama de ser la menos estirada del pueblo.
Don Carlos, desensilló, acomodó apero y caballo, se baño, se puso pilcha decente y utilizando los servicios de algún chico de la casa requirió la presencia de un tal Julio Cuenca, que por sus habilidades con las tijeras, ejercía los oficios de talabartero, sastre y peluquero.
Era un paraguayo exiliado de vaya uno a saber cual de las muchas revoluciones del país hermano.
La tarde se presentaba fría, y mientras aguardaba la llegada del barbiere pidió una cañita, que al arribo del buscado se hicieron dos, y luego más, varias más.
Luego del tuse, se quedaron los dos, peluquero y peluqueado, tomando y hablando como se habla cuando se habla de nada: Las lluvias, el estado de los caballos, las pasturas, el engorde de las vacas, alguna hazaña exagerada, los chismes del pueblo, y de los preparativos para día siguiente.
Así los sorprendió la medianoche, acaso anunciada por algún gallo madrugador, arrimados al fogón que los calentaba por fuera y a la caña que los abrigaba por dentro.
Fue entonces que a Don Carlos le afloró el enano chauvinista.
Levantando la enésima copa propuso:
-       ¡Brrrindo por el queneral San Martín, el padre de la Patria!
La respuesta de su contertulio lo congeló en la silleta.
-       Ese co e´ un yapú, Don Carlos.
-       ¿Cómo diche? ¿Cómo que mentira?
-       Si. ¡Si San Martín era paraguayo!
-       ¡Oh ma grran puta! ¿Cómo te atreves? ¿Cómo San Martín va ser paraguayo?
-       ¡Sí! ¡Era paraguayo!
-       Bruta bestia. Yo te vía dar San Martín paraguayo a vos…
-       Pero claro pué. Fijate usté: San Martín nació en Yapeyú. ¿Verdá?.
-       Si.
-       Y güeno. Yapeyú queda en Corrientes. ¿Verdá?
-       Si.
-         Y güeno. Corrientes era Paraguay. Oyapó 100 años. Los argentinos omondá…
No aguantó más.
No pudo oír mas.
De un salto se levantó y con ánimo de beligerancia.
Julio también se paró.
Quedaron midiéndose, fogón de por medio, uno ocupando el centro del recinto, el otro cubriendo con su corpacho toda posibilidad de escape por el norte.
El peluquero vio que su situación era precaria y decidió forzar la parada.
Para equilibrar el lance extrajo de entre sus ropas un verijero de no mas de cuatro dedos de hoja.
Don Carlos vio el reflejo y también manoteo la verija, pero extrajo un cuarenta y cuatro cuarenta de esos que tenían argollita en la culata y sin decirle agua va, le quemó cartucho entre las piernas, desparramando las brazas del fogón.
Acorralado y en desventaja material, el exiliado optó por una prudente y poco elegante retirada, zambulléndose de cabeza por el ventanuco mientras otro plomazo le llenaba el alma de pánico y el cuerpo de astillas de la pared en la que el belicoso patriota había hecho diana y se perdió en la noche cruzando a campo traviesa los fondos de los vecinos, seguro de que comprenderían su urgencia.
Los dos tiros retumbaron hasta en los cimientos de los ranchos. Se inquietaron los gallineros, se alborotaron los caballos, se despertaron todos los perros del pueblo… y el Comisario, que dormía a una cuadra escasa.
No se habían disipado los humos de la balacera, cuando un Sargento Loza a medio vestir, de botas, gorra y sable en mano, se apersonó al lugar, demandando por el autor del disparo.
Envalentonado por la caña y el rápido abandono del teatro de operaciones de su oponente, Don Carlos reclamó casi altaneramente ser el responsable no de uno sino de dos tiros.
Y bien tirados.
Al sargento, la frase le salió medio cruda.
- Entrégueme el arma y dese preso!
Don Carlos achinó los ojos. Había tomado pero no estaba inconsciente; estaba solo, era cierto, pero el otro también estaba solo, e igual que él, sangraba, y él aun mantenía la ventaja del cuarenta y cuatro desenfundado, de modo que casi displicentemente le respondió:
-       Oh ma, Loza… Ahora vo… ¿Qué querrés?, ¿el fiero o el plomo?
El taquero vio que manu militari no iba a sacar pichones e inmediatamente cambió la estrategia y se refugió en el diálogo
-       ¿Qué lo que pasó?
-       Cristo de la Madonna, el Julio ese… le hice un tirito porque que me vino a insultar a la Patria y al…
-       ¿Y le pegó?
-       Si hubiera querido pegarle, taría patariba acá. Corió. Se metió en el algarobal, el cobarrrde.
A Loza le pareció que tenía éxito y que la cosa se tranquilizaba y volvió a insistir:
-       Bueno Marighetti. Me va a tener que acompañar y por favor entrégueme su arma.
-       Serrachini de la Madonna, Loza. ¿Vo so paraguayo o argentino?
La pregunta lo desarmó. Qué tendría que ver?.
-       ¡Argentino!
Orgullosa y altanera fue la respuesta
-       Bueno, junagrrran puta. Si so argentino no me vas a poder llevar preso. Yo le tire a ese parraguayo, por que vino a insultarme al queneral San Martín. Dijo que era parraguayo y que los argentinos le robamos...y...
Una larga explicación en intricado cocoliche, terminó por fastidiar los ánimos del gorra, que sopesó delicadamente la situación.
No había pasado nada demasiado grave, salvo un poco de ruido y algún alboroto que dadas las horas no parecía pasar a mayores y decidió dejar las cosas como estaban, no sin antes recomendarle que se fuera a dormir y que a la mañana hablarían. Insistir podía agravar la cosa.
Y ahí se complicó.
Don Carlos empecinadamente exigía lavar la mácula en la memoria del Libertador.
-       ¿Cooomo que que me vaya a dormí? Ostia de la Madonna ¿Y el parraguayo?
-       Mañana lo hago buscar también y aclaramos el asunto.
-       Oooohh ma grran puta Loza vo también. No te animás a agararlo y darle una garoteada, so cobarrde,
Valor no le faltaba al sargento, pero prudencia tampoco, mas todos sus intentos fueron vanos.
Porfiado, Don Carlos logró despertar a otro policía, a Peralta y a un par de vecinos, quienes, todos juntos se apersonaron en la casa del peluquero, que mansamente se entregó, sin negar los cargos de lesa patria que le formulaba el desencajado gringo.
Fue conducido en solemne procesión al calabozo, a purgar la afrenta.

El general sonrió cuando Cabral le vino con el chisme. Sentado en su nube, se quedó algún momento en silencio y luego le pidió su ayudante de turno, el Cabo Antonio Ruiz, el popular Negro Falucho, que le trajera el catalejo. Desde allí los vio.
El Sargento Loza, Don Carlos y Julio Cuenca comían en la misma mesa, el asado popular, el mediodía del diecisiete de agosto de mil novecientos cincuenta, en Gran Guardia.
-       Quedan pocos patriotas, les dijo a Zapiola y a Guido.