9 de julio de 2016

Para Cabral

Cuatro años sin Facundo....
El cantor...
Al que en una mañana
de Guatemala
se lo llevó una bala.
equivocada

Facundo,
el cantor
No merecía esa muerte
aquel que tanto
canto al amor

Aquel que volando bajo
No fue de aquí
ni era de allá
El que quería ser bombero
y dejaba la puerta abierta
y su madre no decía nada
Como el primer día,
como la marea,
como siempre
El que se reía de su patrón
por que pensaba que el era el pobre

El que le cantó a Pedro Mendizabal,
las trovas de Atahualpa
Y le indicó al Chente
que no llevara armas
como los taraumaras

Al que lo valiente
no le quitó lo Cortez
Y cantaron juntos
los versos de Machado,
de Vallejo, Neruda, de Borges.

El que una alta noche de agosto
con grapa y mucho frío
me dijo, confidente y sombrío :
Soy Gasparino, el indio,
y con esto alcanza
para que mi corazón
se beba Buenos Aires
de a tragos,
mientras los botes
me alejan de las botas
y canto en dólares,
en Durazno.

Rodolfo Enrique Cabral
para quien cada dia era un nuevo dia
Facundo...
Facundo Cabral
Solo su nombre
sólo eso
alcanza para su eternidad

23 de junio de 2016

El silencio

Los que han asistido a algún entierro militar o a alguna retreta donde se llama a silencio, recordarán la melodía llamada El Silencio, conocida también en el mundo sajón, como Taps.
Este toque de queda, casi siempre nos produce un extraño extremecimiento y acaso un nudo en la garganta y usualmente nos trae lágrimas en los ojos.
Ésta es su historia:
Todo comenzó en 1862 durante la Guerra Civil Americana, cuando el Capitan Médico del Ejército de la Unión, Robert Elly estaba con sus hombres cerca de Harrison’s Landing en Virginia. El Ejército Confederado estaba al otro lado del angosto terreno. Durante la noche, el Capitan Elly escuchó los quejidos de un soldado que estaba mal herido en el campo. Sin saber si se trataba de un soldado de la Unión o de la Confederación, el Capitán decidió arriesgar su vida y traer al hombre herido para la atención médica. Arrastrándose de vientre a través de los disparos, el capitán llegó al soldado herido y empezó a tirar de él hacia su campamento, mas pese a los esfuerzos el soldado alli atendido por el medico, expiró.
El capitán pudo encender un a luz, se quedó sin aliento, paralizado por el shock. Se trataba de su propio hijo. El chico estaba estudiando música en el Sur cuando estalló la guerra. Sin decirle nada a su padre, el muchacho se alistó en el ejército confederado.
A la mañana siguiente y con el corazón destrozado, el padre pidió permiso a sus superiores para dar a su hijo un entierro con honores militares a pesar de estar en el bando enemigo y si podría tener un grupo de los miembros de la banda de músicos que tocaran en el funeral de su hijo.
La solicitud fue negada en vista que el soldado pertenecía al ejército del la Confederación, no obstante por respeto al padre, le dijeron que sólo podian darle un músico.
El Capitán escogio a un cornetero para que tocara una serie de notas musicales que encontró en el bolsillo del uniforme del jóven fallecido. Esas notas eran la melodía inolvidable que ahora conocemos como El Silencio
Ya en el siglo XX, se le agrego letra, cuya traducción
El día ha terminado. Se fue el sol,
de los lagos, de las colinas.
de los cielos. Todo está bien.
Descansa protegido. Dios está cerca.
La luz tenue, oscurece la vista
y la estrella, embellece el cielo
Brillando luminosa, desde lejos
Acercándose, cae la noche.
Agradecimientos y alabanzas
para nuestros días
debajo del sol, debajo de las estrellas
debajo del cielo.
Así vamos
Esto sabemos. Dios esta cerca
Casi todos los ejércitos del mundo usan esta melodía, variando el contexto e instrumentación y de una duración aproximada que permite rezar un padre nuestro.



Ausencias

Cuando ella se fue, me dijo: “Disfrutá mi ausencia”.
Y me quedé dando vueltas en torno a esa frase.
La verdad es que no sé si es esa odiosa eficiencia a la que llamamos madurez o algún otro mecanismo que no me atrevo a descubrir, pero lo concreto es que no disfruto ni sufro la ausencia de nadie.
Recuerdo que Carl Sagán en un reportaje con Ann Duryan, sostenía que el universo era casi todo vacío y ausencias y que la vida era un milagro que maravillaba solo pensar en ella. Dolina, sin que me conste que leyera Sagan, decía que en este universo uno está casi siempre en ninguna parte, y que no valía acaso la pena andar preocupándose por encontrar un lugar en él, que no es otra cosa que una forma mas chusca y elegante de decir casi lo mismo.
Ambas reflexiones autorizan a considerar que la ausencia es una constante natural.
Y estoy comenzando a sospechar que debe ser así.
Que lo excepcional es la compañía.
Para sopésarlo caseramente invertí los términos de mi dudosa ecuación existencialista, y sin caer en las garras de los pensadores y filósofos, que tendrán tres millones de leguleyas razones para fundamentar a favor y en contra, descubrí, no sin cierto pavor, que al revés NO funciona.
Uno SI disfruta o sufre las presencias de las gentes.
Acude en mi ayuda Jean de la Bruyere que - ácido y punzante - me murmura que la pena por la ausencia es felicidad, comparadola con sufrir una presencia indeseable, sin dejar de hacer notar, que la felicidad es un sentimiento esencialmente negativo: Es la ausencia de dolor.
Parece que el negocio entonces es preocuparse por disfrutar las presencias que de por si son excepcionales, mas que sufrir ausencias, que son muchas y casi unánimes.

30 de mayo de 2016

Crónicas de un orgasmo

Recuerdo el día de mi muerte, porque ese día también nací. Me desperté temprano aquella vez, entre inquieto y medroso, sentí el extraño alivio del condenado. Llegaba - por fin- el delicado momento de mi muerte en el plano de las posibilidades en manos del vórtice implacable de la urgencia que explotaría transformando en breves segundos mi universo de esperanzas en un cúmulo de solo recuerdos.
Me pareció oir la conversación estableciendo la cita, los horarios, las condiciones o acaso fuera solo un recuerdo que acabé de inventar para desarrollar el relato.
Se que fue real porque a partir de él se disparó, en esa selva de emociones y sensaciones en la que yo vivía junto a mis hermanos y demás congéneres, un temporal de adrenalina, de hormonas, deseos, ansiedades y temblores acreciendo en duchas, masajes, afeites, ceras y aqua velvas perfumadas de turgencias y perturbaciones eréctiles apenas disimuladas en paños menores debutantes.
Repase mi existencia, menos para hacer un inventario que para acomodar las valijas. Yo nací al mundo junto a un montón de ilusiones, anhelos, búsquedas y emociones diversas de un hombreton no demasiado diferente a la mayoría de los que habitaban aquel barrio de clase media urbana y ritual. Prontamente descubrí que la unicidad requiere de orden y que turnos y colas lo establecen. Aprendí que el orden es inalterable, tenaz, pero que también es implacable e inexorable.
La espera en ese universo es una constante y me acomode para esperar.
Fui causa y efecto, objeto de estudio de profesionales y tema de conversación de presuntuosos y fanfarrones de bar. Algunos hermanos murieron solos, en epopeyas de poca monta, berretas y olvidables y otros necesitaron oscuros recovecos del alma para poder ser. Unos tuvieron orgiásticas ejecuciones públicas y algunos más vivieron la plenitud de una muerte gloriosa, épica, recordable por todos los tiempos.
Y esa acaso haya sido la utopía de mi existencia: Ser recordado por siempre, que es también una forma de no morir, de no correr destino de archivo, porque dicho sea, ese es el destino que le espera a los de mi laya.
Con el transcurso del tiempo yo también iré mutando desde un cosmos de perspectivas épicas a un barrio de recuerdos en el que seré ordenado, cronometrado, medido y pesado antes de pasar a una especie de museo, biblioteca o acaso cementerio en que serviré apenas de curiosidad y de estadística.
Pero volvamos a aquel día.
En poco tiempo seria el protagonista esencial de un episodio único, brutal, volcánico, pero a su vez fugaz, efímero, de un laconismo estremecedor ante tanta expectativa, y desde ese momento seguiría viviendo en el mismo continente de siempre, pero ya plasmado, real, evocable, nato y hasta acaso identificable. El pasaje por aquel túnel esencial me convertirá en historia, vitrificado en un tris del pasado, sin posibilidades de modificar nada, acaso apenas susceptible de ser recordado, tal vez asociado con alguna identidad o alguna fecha como extremo recurso de individualidad
Fue por eso tal vez, que cuando recibí la notificación de que era mi turno decidí prepararme. Conversé con el encargado, me asesore con recuerdos viejos, recorrí los depósitos pertinentes, me agencié de una cantidad adicional del material necesario en aquel viaje, me hice contar anécdotas vividas por otros e hice reservas para asegurar  mi propio nicho.
Y llego la hora.
El continente era un volcán.
Éramos muchos y con funciones complejas y diferentes.
Las hormonas mas activas disparaban alertas y endiabladas combinaciones químicas se apresuraban en sonrosar una mejilla, en erizar la piel, en aumentar el ritmo cardíaco, a exigir mayores caudales de oxigenación, en bombear cuerpos cavernosos, en inflamar humedales, en disponer miradas y alientos. Vino una andanada de precursores provenientes del control central y un aluvión de lubricantes marchó a cumplir su cometido.
Y poco a poco fue vaciándose aquella sala de espera y asi se fueron neurotransmisores y humores disparados por el límbico a rincones recónditos del cuerpo. En un vehículo viscoso y veloz vi embarcar los espermatozoides y a las encargadas de las contracciones musculares las observe presurosas arrojarse al torrente sanguíneo hasta desaparecer.
Sabía que el próximo era yo.
Entonces abrí mi valija de dopamina salude brevemente a nadie, pues nadie quedaba ya en aquella sala y me zambullí en aquel torbellino en el que ráfagas químicas disparadas en todas direcciones fulguraban refucilos de convulsiones y vértigo que me aniquilaron en espasmos de placer y algarabías que se fueron lentamente remansando y en la alta noche de aquellos amantes naci a los tiempos y pase a ser un orgasmo consumado, ocupando mi sitial en la historia de aquellos personajes.




29 de mayo de 2016

REQUIEM PARA PAISAJES DE CATAMARCA

Hoy fue un día aciago.Tuve que dar de baja de mi ajuar de soltería a “Paisajes de Catamarca”. Ya mismo hay que decir que se trata de un mantel que me acompaña desde el mismo día de mi segundo divorcio, bueno, para hablar con justeza, desde el día de mi segunda separación.
Nunca supe su origen, ni cómo fue que llegó hasta la casa que compartía con mi esposa de aquellos años. Ni siquiera sé si lo usamos alguna vez, aunque presumo que si, pues cuando lo vi por primera vez no me pareció que fuera un debutante.
Si se que a mi vida se sumó en ese sublime momento en que cargué un bolso con lo que agarré, desenchufe la compu, subí al perro, pegué un macho portazo y partí, eufórico, a navegar nuevos mares, a vivir formidables gestas románticas, desde el puerto del nuevo bulo alquilado en las periferias de las cuatro avenidas, euforia que por cierto, me duró exacta setenta y dos horas, las mismas que tardé en que me caigan las fichas de que de nuevo estaba, como dice una amiga, “en la puta calle”.
Esas setenta y dos primeras horas el recién separado las pasa en piloto automático, mas yo, que no era primerizo en esos menesteres.
Sin darme cuenta se volaron tres días avisando a los amigos y próximos colaterales que me busquen en la calle Paraguay al ochocienputamadre, departamento B, la nueva dirección a todo efecto, que no me llamen por TE al fijo que figuraba en la guía si no querían recibir toda clase de improperios, contando repetidas veces que fue una decisión definitiva, que san puta se lleve al matrimonio y recurriendo a las bataclanas amigas y celestinas conocidas para armar un nuevo fíxture social.
Pasado ese primer arranque, la adrenalina decrece, la testosterona perfila el equilibrio y uno se atreve a desembalar.
Allí recién me di cuenta que no tenía heladera ni cocina, ni ollas, ni platos, ni cubiertos, ni mesas, ni sillas, ni ropero, que calentaba agua con un calentador eléctrico sumergible, dentro del termo que me prestó un amigo, que tomaba mate, terere y me cepillaba los dientes con el único recipiente capaz de contener algo de agua: Mi viejo mate de guampa, sobreviviente de miles de batallas en todos los frentes y que nunca se baja del auto, ni para mear.
Bueno, allí estaba de nuevo, sólo, con una camita de una plaza, un colchón pobretón, un par de frazadas y el bolso negro aquel, conteniendo dos o tres calzoncillos, media docena de remeras, algunas camisas, las que estaban en las perchas, es decir las que les faltan botones en los puños, estaban agujereadas, manchadas o son de lana. Completaban aquel atado, una tricota de punto de dudosa utilidad en pleno diciembre, una toalla, una funda, dos sábanas de una plaza, todas de juegos distintos y un mantel verde…
- Eh?
- Un mantel verde…
- ¿Y para qué querrías un mantel verde si no tenías mesa?
- Que se yo. Allí estaba. En el fondo del bolso, como si hubiese sido el primero en alistarse para acompañarme.
Tal vez quedo allí de alguna vez que se cargaron ropas en ese bolso, no lo sé, pero allí estaba.
Al principio no le di mucha pelota. 
A los cinco días debutó como toalla. 
Después hizo de sábana mientras recuperaban la salud las titulares. 
Fue después de casi dos meses de aquella soltería, que me hice de una mesa y allí el mantel recuperó la identidad de Mantel Verde. 
Se sentía feliz. Podía percibirlo. 
Su verde loro brillaba de un modo diferente dándole más cuerpo, más presencia a la miserable mesita de sesenta por metro veinte con cuatro sillas de caño, tamaño jardín de infantes que pude agenciarme vaya uno a recordar cómo. 
Para festejar el completamiento de mi modesto mobiliario invite a cenar a una señorita que lo elogió descaradamente: que era del color adecuado para el blanco de las paredes; que los platos contrastaban adecuadamente con ese fondo de color tan sublime - eran dos platos durax marrón de esos de feria Todo por Dos Pesos, que es el lugar donde uno rearma rápidamente el arsenal de cocinero - lo cual fija dos pautas esenciales: el dudoso buen gusto de mi invitada y que en tiempo de guerra, cualquier pozo es trinchera.
Pero allí estuvo él, cumpliendo fielmente las funciones de engalanar el altar de los sacrificios en aquel matadero de soltero.
Años mas tarde y con tres o cuatro mudanzas a cuestas, desembarcamos en un puerto de cierta tranquilidad y estabilidad. A esas alturas si bien le había conseguido un floreado compañero de ruta y él ya lucía tal vez un poco más pálido, aun conservaba su coloratura. Fue Guadalupe, mi amiga mexicana, que acaso desconociendo todas las propiedades del hipoclorito de sodio, una tarde de lavazón le aplicó unas dosis marcadamente desmesuradas de Ayudín Concentrado provocándole un desteñido mimético que le valió su nueva y definitiva identidad: Paisajes de Catamarca, el de los “mil tonos de verdes”.
En los últimos tiempos del viejo Santiago, mi casa se convirtió en trinchera desde donde acompañábamos – toda la familia – la batalla sabida de antemano perdida. 
En aquellos momentos, Paisajes de Catamarca y si fiel compañero floreado se turnaban para mantener elegante y bien vestida la mesa de todos los días.
Fue sufriendo el paso del tiempo, igual que yo, que todos. 
Un día se nos fue el otro compañero de andanzas con nombre propio dentro de la casa – el perro Facundo – Decidió adelantarse en el viaje y quedamos solo él y yo.
Hoy lo fui a buscar para un relevo del floreado y descubro que de su última batalla el día de mi cumpleaños también a él la vida lo trato duramente y quedó muy mal averiado. 
Lo mire largamente: Los taninos de algún malbec mal servido, o algún mamado que calculó mal la distancia lo manchó malamente. Para completar unas grasas rebeldes le agregaron ciertos desagradables lamparones y un duelo entre un cuchillo y una pizza le completo un tajo que su sufrida urdimbre no pudo soportar dentro del lavarropas, lugar del que salió luciendo unos lamentables girones que obligan a tocar a rebato las campanas para despedir del servicio activo al amigo.
Pero, ¿qué puede hacerse con un mantel jubilado, aún con muchas historias sobre su lomo?
Nada más que trapos para otros usos. 
Y así fue que hoy, en necesitando un trapo para aplicarle Blend a un mueble, vi a la señora de la limpieza con un sonriente retazo de Paisajes de Catamarca.
Se me piantó un lagrimón.
Que se le va a hacer.


El circo de la vida

Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha, que se yo...
Que la vida es circo,
las fieras,
los equilibristas, los payasos,
yo y también vos
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha, que se yo...
Que a esta arena,
sin pedir, viene la gente
y que se lo pasa huyendo
de la muerte…
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha, que se yo...
y que al final queda
unicamente
todo lo aprendido,
menos el olvido…
Dicen, por ahí lo andan diciendo...
El olvido que no es descuido
sino el mero necesario.
simple, corto, arbitrario.
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha hablar,
que solo somos
lo que contiene la mente
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha, y acaso dicen verdad
lo real esta en lo que se percibe
No sirve de mucho
todo lo demas
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
se escucha hablar
Que la felicidad es un camino
Que la paz lo es también
Que el secreto no es buscarla
Sino decidirla
habitarla,
Dicen, por ahí lo andan diciendo,
Y acaso digan verdad
29/5/2015

28 de mayo de 2016

La espera

A veces para lograr paz,
me achico en silencio,
me aquieto solito,
enmudezco un grito
prudente, pienso,
que es mejor el precio
a pagar por lo que amo,
si cierro la mano
y paciente espero.

Soledad, quietud y silencio
hacen el resto
Se que el final
será el que quiera
o sepa…
o pueda.
Siempre,
Lo que decida…
Producto de mis decisiones…
Así es mi vida.
Todo lo demás son circunstancias
Solo eso…
bueno…
y decisiones equivocadas
FP 25/5/2012



Cosas de locos

  Y dale con los locos ... Es confusa la condición del ser humano. Su angustia existencial de base sustenta mi afirmación, por eso la locura...